El motor rugía con autoridad y una emisora lejana repetía cumbias que todos tarareábamos sin acuerdo previo. Un vendedor ofrecía caramelos con voz de actor y yo sostuve la mochila de una estudiante para liberar su mano. El agradecimiento fue un respiro compartido. Descubrí que, aun comprimidos, podíamos organizarnos como si el vehículo fuera un barrio.
El motor rugía con autoridad y una emisora lejana repetía cumbias que todos tarareábamos sin acuerdo previo. Un vendedor ofrecía caramelos con voz de actor y yo sostuve la mochila de una estudiante para liberar su mano. El agradecimiento fue un respiro compartido. Descubrí que, aun comprimidos, podíamos organizarnos como si el vehículo fuera un barrio.
El motor rugía con autoridad y una emisora lejana repetía cumbias que todos tarareábamos sin acuerdo previo. Un vendedor ofrecía caramelos con voz de actor y yo sostuve la mochila de una estudiante para liberar su mano. El agradecimiento fue un respiro compartido. Descubrí que, aun comprimidos, podíamos organizarnos como si el vehículo fuera un barrio.
Doblar y redoblar el plano requería paciencia monástica; la tinta manchaba las yemas y la esquina rota señalaba mi barrio. Pedía indicaciones en kioscos, aprendía nombres nuevos y memorizaba olores para volver. Aquella torpeza cartográfica me regaló conversaciones luminosas. A veces extraño perderme con estilo y encontrar, en el error, un consejo que cambió mi destino.
Ese sonido breve organizó mis mañanas. Guardé monedas para helados, no para boletos, y la fila avanzó con una fluidez desconocida. Cuando presté mi tarjeta a un vecino olvidadizo, devolvió el gesto con recetas de cocina y cuidado de plantas. La tecnología nos aceleró, sí, pero también abrió gestos pequeños de confianza vecinal inesperada.
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